La idea de convivir y dividir los gastos 'mitad y mitad' dentro de una relación suele parecer una fórmula moderna y justa. Sin embargo, diversas expertas advirtieron que el modelo 50/50 puede transformarse en una fuente de desigualdad cuando existen diferencias de ingresos, realidades laborales o cargas de cuidado.
En este sentido, las especialistas consultadas por Chócale coincidieron en que distribuir los gastos de manera idéntica no necesariamente garantiza equidad y plantearon que las parejas deben generar acuerdos financieros flexibles, transparentes y adaptados a la realidad de cada integrante.
“La variable económica y financiera es fundamental en cualquier relación de intimidad y, sin duda, influye en cómo se relaciona la pareja”, explicó la académica de la Escuela de Psicología de la Universidad de los Andes, Romina León.
Según la psicóloga, en esos casos “lo más equitativo suele ser que las contribuciones sean proporcionales a la capacidad económica de cada uno, de manera que ninguna de las partes sienta una sobrecarga excesiva o una relación desigual”.
Una mirada similar planteó Abigail Morales, directora de las carreras del Área Administración de la sede de San Joaquín del Instituto Profesional y Centro de Formación Técnica Santo Tomás. “Es importante distinguir entre equidad e igualdad".

Morales aseguró que en Chile persisten brechas salariales y diferencias relevantes de ingresos que pueden volver injusto el modelo tradicional. “El principal problema es que no considera la capacidad económica real de cada persona. En términos técnicos, un sistema equitativo incorpora el criterio de proporcionalidad: quien tiene mayores ingresos, debería aportar más”, señaló.
Más allá del sueldo: El peso de los cuidados y el patrimonio
Ahora, el debate no solo debe centrarse en cuánto dinero aporta cada integrante, sino también en los costos invisibles que existen dentro de una relación. “Porque igualdad no siempre es sinónimo de equidad. Y esa diferencia es clave”, afirmó Francisca Bravo, abogada de familia.
En ese sentido, sostuvo que muchas veces el esquema de dividir los gastos en partes iguales ignora diferencias relevantes entre las personas, como el tiempo destinado a cuidados, la crianza o incluso decisiones laborales tomadas en función del hogar.
“Un 50/50 puede verse muy correcto en el papel, pero profundamente injusto en la práctica si una de las personas termina sin capacidad de ahorro, más agotada o frenando su desarrollo profesional para sostener la vida familiar”, advirtió.
Además, agregó que existen aportes no monetarios que también sostienen el proyecto común y que deben ser considerados. “Los cuidados, la crianza, la gestión doméstica, el acompañamiento emocional o incluso tomar decisiones laborales más conservadoras por el bienestar familiar. Todo eso sostiene el proyecto común”, indicó.
La abogada también alertó sobre las consecuencias de largo plazo que pueden generarse cuando no existe una mirada integral del patrimonio.
“Muchas parejas logran ‘funcionar’ mes a mes, pero no se preguntan quién está construyendo patrimonio, quién está quedando más vulnerable hacia el futuro o cómo impactarán esas decisiones en una eventual separación o en la jubilación”, comentó.
Tensiones silenciosas y conversaciones que no tienen espacio por pudor
Evitar hablar de dinero suele convertirse en uno de los principales focos de conflicto en la convivencia. “El dinero es un tema complejo y ligado a la intimidad, por lo que muchas veces existe una tendencia natural a evitarlo o enmascararlo, incluso por pudor”, explicó León.

A juicio de la experta, cuando las parejas no conversan explícitamente sobre cómo administrarán los gastos, pueden surgir “tensiones relacionadas con desconfianza, sensación de abuso, reproches o dinámicas de control”.
Desde una mirada financiera, Morales aseguró que entre los errores más frecuentes en las relaciones de pareja respecto al dinero figuran “la falta de comunicación, la ausencia de un presupuesto común y la omisión u ocultamiento de deudas o gastos”.
Por eso, recomendó establecer conversaciones periódicas sobre finanzas, fijar objetivos compartidos y mantener altos niveles de transparencia para evitar problemas futuros.
“Una división excesivamente rígida puede erosionar la idea de equipo y transformar la relación en una especie de administración paralela donde cada uno protege 'lo suyo'”, sostuvo Bravo, quien advirtió que "a nivel emocional suele generar resentimiento, agotamiento invisible, sensación de injusticia o miedo a necesitar del otro”.
La importancia de los acuerdos flexibles y proporcionales
Finalmente, las especialistas plantearon que la mejor alternativa suele ser construir acuerdos dinámicos y adaptados a las distintas etapas de la vida.
Por ejemplo, Morales explicó que uno de los modelos más utilizados es el proporcional. “Si una persona genera el 60% del ingreso total del hogar, debiera asumir una proporción equivalente de los gastos”, ejemplificó.
Según detalló, esto puede implementarse mediante cuentas compartidas o acuerdos explícitos sobre qué cubre cada integrante, siempre que exista claridad y consenso.

En esa línea, León enfatizó que la confianza y la comunicación siguen siendo los pilares principales para una convivencia saludable. “Lo más importante es construir acuerdos transparentes y consensuados, donde exista una comunicación empática, colaborativa y libre de juicios”, indicó.
La académica agregó que también puede ser positivo que cada integrante conserve ciertos espacios de autonomía económica para evitar que el dinero se transforme en una herramienta de control dentro de la relación.
Para Bravo, el objetivo final va mucho más allá de calcular quién pagó más. “La pregunta sana no es ‘¿quién puso más plata?’, sino: ‘¿cómo construimos una vida donde ambos podamos crecer, sostenernos y tener bienestar presente y futuro?’”, cerró.
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