Hace 40 años, hablar de medios de pago en Chile era hablar de un puñado de empresas: Cuatro de propiedad de los bancos (Transbank, Redbanc, Servipag y Nexus) y las marcas Visa y Mastercard. Ese era todo el mapa. Hoy, según mis propias estimaciones, operan más de 140. No fue milagro ni casualidad.
Durante décadas, Chile funcionó bajo un modelo de tres partes: la emisión y la adquirencia en las mismas manos, y esas manos eran las de la banca. Cómodo y sin incentivos para abrirse.
¿Qué cambió? La regulación, primero. La Ley 20.950 (2016) permitió que empresas no bancarias emitieran medios de pago con provisión de fondos: sin ella no existirían las billeteras que millones de chilenos usan a diario. Después, el modelo de cuatro partes y la Ley 21.365 separaron emisión de adquirencia y pusieron reglas a las tasas de intercambio. En 2023, la Ley Fintech incorporó al perímetro regulatorio a servicios que operaban sin supervisión.
Pero la regulación sola no explica el salto. La CuentaRUT bancarizó a millones de personas que el sistema tradicional no atendía y creó el mercado que los nuevos actores podían conquistar. La pandemia y los retiros de fondos aceleraron el resto.
Y cambió la tecnología. Montar infraestructura de pagos, que antes exigía años y millones, hoy se resuelve con nube y APIs. La mayoría de esos 140 actores no construye infraestructura: la consume. Esa es la razón matemática de por qué son tantos.
La lección incomoda a quienes creen que los mercados se abren solos: la competencia en los pagos no se regaló, se diseñó. Hizo falta voluntad regulatoria, presión política y años de litigios.
El próximo capítulo es el Sistema de Finanzas Abiertas, y todavía no está claro hacia dónde empuja. Puede abrir espacio a nuevas empresas de medios de pago, o dejar fuera a varias de las que hoy operan. Siguen abiertas las preguntas de fondo: cómo funcionará la iniciación de pagos, qué pasará con las tasas interbancarias, adquirentes TEF y quién termina asumiendo los costos.
Pero hay algo que estos 40 años dejan claro. Cada cambio, con más o menos ruido, terminó mejorando la competencia. Ese es el estándar con el que hay que medir lo que viene. Y no debería cambiar.