Las desigualdades económicas entre hombres y mujeres no comienzan cuando una pareja se separa. Según la abogada de familia y autora del libro "Lo nuestro ¿es nuestro?", Francisca Bravo, estas diferencias suelen construirse durante años a través de decisiones diarias relacionadas con el trabajo, la crianza y la administración del dinero, muchas veces sin que las propias parejas dimensionen sus efectos futuros.
Bravo llegó a esta conclusión tras años trabajando como abogada en tribunales de familia, donde observó cómo numerosas mujeres enfrentaban divorcios o separaciones en una situación patrimonial considerablemente más débil que la de sus parejas.
“Veía cómo una y otra vez mujeres altamente calificadas terminaban muy empobrecidas al momento de un quiebre o separación de la pareja", comentó.
"Entonces se veían, en ese momento, obligadas a recurrir a una institución jurídica que se llama la Compensación Económica para efectos de poder contrarrestar el menoscabo económico que en ese momento se producía por la separación. Porque quedaban sin patrimonio, sin cotizaciones previsionales, con mucha incertidumbre y vulnerabilidad económica al momento del quiebre”, agregó.
Esa experiencia la llevó a preguntarse por qué las conversaciones sobre dinero, patrimonio y cuidados suelen aparecer recién cuando una relación termina. Por eso, en pandemia realizó una encuesta informal a sus contactos de WhatsApp que terminó viralizándose y recibió cientos de respuestas de mujeres que relataban experiencias similares.
“Al leer las respuestas, en realidad no eran respuestas, sino que eran desahogos. Desahogos de muchas mujeres que no entendían cómo, habiendo sido independientes económicamente antes de los hijos, hoy día tenían una relación de dependencia o sus parejas hombres se habían disparado mucho a nivel patrimonial y ellas no tenían nada a su nombre", señaló.
El costo invisible de la crianza
Para Bravo, una de las principales brechas económicas dentro de las parejas aparece cuando llegan los hijos. Esto, ya que, aunque muchas mujeres continúan trabajando, suelen asumir ajustes laborales que terminan afectando sus ingresos, ahorros y posibilidades de desarrollo profesional.
“Hay hartas mujeres que renuncian, pero también están las que rebajan horarios. Entonces negocian salir antes y eso implica que bajan sueldo y bajan las cotizaciones previsionales. También, si no rebajan horario o no renuncian, muchas dejan de tomar ascensos por un tiempo mientras crían en mayor medida. Están tan colapsadas con el malabarismo de la casa y de la pega que descartan oportunidades laborales y congelan su desarrollo profesional”, señaló.

La abogada sostuvo que estos efectos suelen pasar desapercibidos porque no implican necesariamente abandonar el mercado laboral. Sin embargo, con el paso de los años generan consecuencias concretas sobre la construcción de patrimonio.
“Esos impactos laborales muchas veces son súper sutiles porque muchas mujeres siguen trabajando, pero no con la fuerza de esa disponibilidad para poder dedicarse al trabajo. Y eso genera un menoscabo en el patrimonio porque ganan menos, cotizan menos, tienen peor capacidad de crédito, pueden comprar menos cosas y capitalizar menos”, afirmó.
Por eso, a su juicio, una relación económicamente justa requiere reconocer esas diferencias y abordarlas de manera explícita. Para ello, recomendó conversar desde temprano sobre el estilo de vida que se quiere construir, las expectativas respecto a la maternidad y paternidad, y la forma en que se distribuirán tanto los ingresos como las responsabilidades de cuidado.
Del yogur vacío al patrimonio familiar
Uno de los conceptos que más ha llamado la atención en el trabajo de Bravo es la denominada teoría del “yogur vacío”, popularizada por la periodista y escritora francesa Titiou Lecoq. Se trata de una idea que busca explicar cómo muchas parejas construyen desigualdades patrimoniales sin advertirlo.
En efecto, según esta teoría, las mujeres suelen destinar una parte importante de sus ingresos a gastos cotidianos y 'perecibles', mientras los hombres, con mayor frecuencia, aportan a activos que generan patrimonio, como viviendas, inversiones o créditos hipotecarios.

“Si es que tú por 20 años aportaste en llenar la despensa, a comprar yogur, por ejemplo, al término de una relación te vas a llevar tus potes de yogur vacíos. Mientras tu pareja, que en esos mismos 20 años aportó los mismos US$500 que tú aportaste a la casa, pero él pagó el dividendo, va a implicar que, a lo largo de 20 años, él se va a quedar con una inversión y tú con un pote de yogur vacío”, ejemplificó.
Por ello, insistió en la importancia de que las parejas comprendan los efectos de los distintos regímenes patrimoniales y se informen antes de casarse o convivir. También llamó a prestar atención a tres ámbitos fundamentales: los gastos del día a día, la construcción de patrimonio y la planificación de la vejez.
Más allá de los instrumentos financieros, para Bravo el principal desafío es cambiar la manera en que las parejas entienden sus proyectos en común. “Vivir sabiendo que lo nuestro es nuestro en lo patrimonial va a implicar un cambio en lo emocional", aseguró.
"Vas a pasar de sentir que estás haciendo un sacrificio, ya sea porque te matas trabajando como proveedor o te matas cuidando al niño como cuidador o cuidadora, a entender que están haciendo aportes cada uno desde su mejor aporte en ese minuto. La seguridad económica de ambos no es un lujo, sino que es una prioridad”, concluyó.
Debe estar conectado para enviar un comentario.