Elige un currículum. Elige una foto profesional. Elige poner tres años de experiencia para un cargo junior. Elige rellenar un formulario con la misma información que ya iba en el currículum. Elige actualizar el LinkedIn. Elige esperar una llamada que quizás no llegue nunca. Elige buscar trabajo como si buscar trabajo no fuera, ya, un trabajo.
¿Y qué pasa cuando encontrar pega no depende solo de elegir? En Trainspotting (1996), Renton elige no elegir la vida que le ofrecían. La diferencia es que él sabía perfectamente lo que estaba rechazando. Miles de jóvenes chilenos eligieron carreras sin esa información.
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Y esta semana llegó, además, un dato decidor. En el último año, el país perdió cerca de 95 mil empleos entre personas de 18 a 34 años, según el Barómetro Laboral de la Asociación de AFP y la Universidad del Desarrollo (UDD).
En el trimestre abril-junio, la ocupación de ese grupo cayó 3,3% respecto del mismo periodo del año anterior, una tendencia que se extiende sin pausa hace año y medio. Tres de cada cuatro de esos puestos eran formales.
Felicidades, estás sobrecalificado
En el centro del fenómeno está el titulado, el que estudió, el que se endeudó con el Crédito del Aval del Estado (CAE) y hoy comprueba que el cartón ya no asegura empleo.
Los datos del Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales (OCEC UDP) muestran el deterioro: el desempleo entre las personas con educación superior alcanzó 8,3% en el trimestre abril-junio y acumula 10 meses de alzas, mientras el general lleva cuatro.

A ese cuadro se suma el subempleo por calificaciones, es decir, trabajar en un cargo que requiere una calificación menor a la que tiene la persona. De los cuatro millones de ocupados con educación superior, el 37,7% está en esa situación, y 8 de cada 10 empleos nuevos creados para profesionales son de ese tipo. El costo también es salarial: un universitario subempleado gana 41,5% menos que uno que trabaja en su área.
El desempleo golpea con distinta fuerza según el área: es mayor entre quienes estudiaron Humanidades y Servicios Personales, y menor entre quienes estudiaron Derecho, Educación y Veterinaria. Pero para el economista de la Universidad de Santiago (USACH) Víctor Silva, el fondo del asunto no está ahí. "Esto no es un problema de que sobren profesionales", planteó.
"Chile duplicó la proporción de profesionales en su fuerza laboral en quince años, de 22% a 42,2%, pero la economía lleva más de una década creciendo poco y generando empleo de baja calidad", indicó el economista de la USACH.
A su juicio, el mercado tampoco los rechaza por falta de ganas. "No está diciendo: 'No los quiero'. Está diciendo: 'No puedo pagarles lo que valen ni darles el puesto que corresponde a su formación'".
Silva insistió, además, en no responsabilizar al estudiante. "El relato de la sobreoferta de profesionales me incomoda, porque suele usarse para culpar al estudiante de haber elegido mal", afirmó. "No le echaría la culpa al alumno de Trabajo Social o Periodismo. Le echaría la culpa a una economía que no crece lo suficiente para absorber a la fuerza laboral más calificada de nuestra historia."
El "efecto cicatriz"
Para quienes recién eligen carrera, hay un costo que se siente años después. Silva lo denominó el 'efecto cicatriz': quien egresa en un mal momento del ciclo económico arrastra sueldos más bajos durante años, porque parte desde un escalón más abajo.
El golpe también es previsional, y recae sobre esos empleos formales que se están perdiendo. Roberto Fuentes, gerente de Estudios de la Asociación de AFP, resumió el efecto: "No contar con un empleo formal hoy significa perder valiosos años de ahorro previsional y de retornos que son irrecuperables."
El deterioro excede a los jóvenes. El empleo total crece apenas 0,9% anual y el formal cae por cuarto trimestre consecutivo.
Oferta vs. realidad
El resultado lo resumió Juan Bravo, director del OCEC UDP y autor del informe. Sumando desempleo y subempleo, el 43% de la fuerza laboral con educación superior no está ocupando lo que estudió. "La economía está desperdiciando su capital humano y, con ello, parte de su capacidad productiva", advirtió.
Al bajo crecimiento se suma un descalce entre la formación que se recibe y lo que demanda el mundo productivo. A eso se agrega el avance tecnológico, que "ha ido desplazando a personas de áreas como idiomas, intérpretes, traductores o diseño gráfico", según Bravo.

Para él, parte del problema está en la información con la que se elige la carrera. Los indicadores oficiales miden si el egresado consigue empleo, pero no si ejerce en lo que estudió, y un estudio de la Fiscalía Nacional Económica (FNE) llegó a detectar carreras con retorno económico negativo, en las que estudiar no compensa la inversión. Su propuesta apunta a las instituciones.
"El financiamiento de las instituciones de educación superior, al menos en parte, debe estar ligado a la empleabilidad de los egresados", planteó el director de la OCEC UDP, para que las casas de estudio no se desentiendan de sus alumnos una vez que estos entran y pagan.
Lorena Flores, directora del Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, describió el mismo problema desde el ingreso al mercado. Muchos jóvenes, al no encontrar trabajo de inmediato, entran a la informalidad en su primer empleo, del que después cuesta salir. "Se produce un círculo vicioso que no es para nada bueno", advirtió.
Antes, incluso, chocan con la barrera de la experiencia. "Siempre piden un mínimo de años de experiencia, y ahí quedan inmediatamente fuera esos jóvenes que no la tienen", señaló Flores.
Frente a eso, su propuesta es concreta. "Nos falta mucho armar una política para los jóvenes que tenga que ver con las prácticas laborales", planteó. Como ejemplo, propuso pasantías en la industria, de hasta seis meses, que cuenten como experiencia laboral, un mecanismo extendido en otros países y todavía ausente en Chile.
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