A fines de abril de 2026, un dato circuló primero en Wall Street, luego en Silicon Valley y, finalmente, en X (antes Twitter): el cofundador de PayPal, presidente de Palantir y primer inversionista externo de Facebook, Peter Thiel, se instalaba junto a su familia en una mansión de casi 1.600 metros cuadrados, avaluada en cerca de US$12 millones, en uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires.
Sus hijos entraron en un colegio privado; él se dejó ver en un torneo de ajedrez en un club de Almagro, donde salió tercero; estuvo en las gradas del superclásico entre River y Boca, y viajó a Bariloche.
Todo esto podría parecer trivial para un hombre rico, pero su desembarco en Argentina ha dividido aguas entre políticos, empresarios y actores de la sociedad civil en ambos lados de la cordillera. No es menor, entonces, entender quién es Thiel y por qué su figura era polémica muchísimo antes de poner sus ojos en el delta del Río de la Plata.
¿Quién es Peter Thiel? (antes de quién dicen que es)
Peter Andreas Thiel nació en Alemania en 1967, pero creció en Estados Unidos, con una etapa de su infancia en la Sudáfrica del apartheid. Su biografía más completa hasta la fecha (The Contrarian, de Max Chafkin) lo describe como un hombre que de niño fue acosado y se blindó volviéndose deliberadamente “desdeñoso”.
Estudió filosofía y luego derecho en la Universidad de Stanford donde, como parte de sus actividades, fundó en 1987 The Stanford Review: un periódico estudiantil libertario-conservador que ya daba luces de su gusto por la confrontación cultural.
Una década más tarde, en medio del boom de las puntocom de finales de los noventa, sería uno de los fundadores de PayPal, la startup de pagos electrónicos cuyo personal sería bautizado por la prensa de tecnología estadounidense como la "PayPal Mafia”.

De ahí saldrían, entre otros, Elon Musk, los fundadores de YouTube (Steve Chen y Chad Hurley) y de LinkedIn (Reid Hoffman), además de David Sacks, el actual zar de las criptomonedas y la inteligencia artificial del segundo gobierno de Trump.
En 2003 fundó, junto a su excompañero de derecho en Stanford Alex Karp, Palantir Technologies: una empresa de análisis de big data nombrada en homenaje a los palantíri del universo tolkeniano, esferas indestructibles de cristal oscuro usadas para comunicarse a grandes distancias y observar lugares lejanos o el pasado.
Un año más tarde, como inversor ángel, sería el primer inversor externo de Facebook: US$500 mil por cerca del 10% de la compañía, una participación que, tras la salida a bolsa de 2012, le reportaría en ventas sucesivas más de US$1.100 millones.
Las contradicciones de Thiel
Thiel parece tener la convicción de que las reglas que predica son para el resto, y que el poder real consiste en ponerse por sobre ellas. Por sobre su genio en los negocios, se proclama libertario, enemigo del Estado y de su carga impositiva.
Sin embargo, el hombre que desconfía del poder público vive, en buena medida, de venderle al Pentágono, y no cualquier cosa: las herramientas que utilizan sus fuerzas armadas. Solo en el primer trimestre de 2026, Palantir facturó US$687 millones de dólares en contratos con el gobierno de Trump; Anduril, la tecnológica de defensa donde es inversionista, cerró con el Ejército estadounidense un contrato de hasta US$20.000 millones a diez años.
Esa misma dependencia del Estado tiene un capítulo latinoamericano poco explorado y anterior a su llegada a la región en 2026. Desde hace más de una década, Thiel es uno de los inversores de Rivada Networks, la empresa del irlandés Declan Ganley cuyo negocio consiste, esencialmente, en ganar concursos públicos de espectro.
Rivada lo intentó dos veces en la región, sin éxito: en México compitió en 2016 por la Red Compartida, el gran proyecto de telecomunicaciones del gobierno de Enrique Peña Nieto; tras ser descalificada por no entregar a tiempo la garantía exigida por el regulador de telecomunicaciones, denunció que el concurso favorecía a su rival, Altán Redes. La justicia mexicana le dio la espalda en todos los frentes.
En Chile, Rivada reapareció en 2021 como socio tecnológico de Borealnet, un consorcio encabezado por la agencia estatal finlandesa Business Finland, que disputó el espectro 5G frente a Entel, Telefónica y Claro: empató técnicamente con la WOM de Novator por un bloque de la banda de 700 MHz, pero cayó en la ronda de desempate ante la SUBTEL.
La misma tensión reaparece en su idea del mercado. En Competition is for Losers, extracto adaptado de su libro De cero a uno publicado en 2014 por el Wall Street Journal, Thiel argumentaba que una empresa realmente valiosa no es la que compite mejor, sino la que logra escapar por completo de la competencia: un monopolio. No el que aplasta a sus rivales o compra favores en las sombras, sino el de una compañía tan dominante en su mercado que no tiene sustituto, como Google.
Su tesis es que solo esos beneficios monopólicos permiten pensar a largo plazo e innovar, mientras que la "competencia perfecta" condena al resto del ecosistema a una lucha de márgenes que compara con el fin del universo.
Otra arista es su relación con los medios. Thiel ha denunciado públicamente su disgusto por la cultura de la cancelación, pero orquestó en secreto una de las operaciones de silenciamiento más eficaces de la última década. En 2016 se reveló que fue el financista encubierto de la demanda del ex luchador Hulk Hogan contra la red de blogs Gawker, que en 2007 lo había expuesto públicamente como “totalmente gay”. El juicio condenó al medio a pagar US$140 millones en daños a Hogan y, poco después, Gawker se declararía en quiebra.

Thiel reveló su intervención en el New York Times como una defensa legítima de la privacidad frente al acoso periodístico. Para la Freedom of the Press Foundation y el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), en cambio, sentó un precedente inquietante: un multimillonario era capaz de borrar del mapa, en el más completo anonimato, a un medio que le molestaba. Curiosamente, ambas instituciones habían recibido donaciones suyas.
El magnate tech que duda de la democracia
Todo lo anterior podría leerse como las excentricidades de un hombre rico. Pero hay una que es de otro orden, porque toca el sistema político, y es la que explica por qué, cuando Thiel apareció en Santiago a fines de abril, el diputado Gonzalo Winter (FA) ofició a la Presidencia de la República para dilucidar si se había reunido con el Presidente José Antonio Kast. Finalmente, desde el gobierno reconocieron el encuentro, aunque no proporcionaron información sobre los temas tratados.
En 2009, en un ensayo titulado The Education of a Libertarian publicado por el Cato Institute, Thiel escribió una frase que lo persigue desde entonces: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles".
El contexto importa: en el texto, Thiel lo planteaba como un diagnóstico sobre por qué, a su juicio, un proyecto de gobierno enteramente libertario no podía acceder al poder a través de las urnas, no como una propuesta de abolir el voto popular. A raíz de un pasaje del mismo ensayo, fue acusado de oponerse al sufragio femenino, lo que provocó una aclaración: no es que debiera privarse del voto a nadie, pero Thiel tampoco esperaba que el mero acto de votar mejorase el status quo de una sociedad.

Pero de la desconfianza en las urnas a la inversión en candidatos hay, en su caso, poco trecho. Thiel ha sido un fabricante de poder político: apoyó la campaña de Donald Trump en 2016 con US$1,25 millones y puso 15 millones en la campaña de J. D. Vance (hoy vicepresidente de Estados Unidos) al Senado, la mayor donación individual que había hecho a un solo candidato.
Vance conoció a Thiel durante una charla en la Facultad de Derecho de Yale en 2011 y más tarde trabajó en Mithril Capital, uno de sus fondos de inversión, entre 2016 y 2017.
¿Sudamérica como refugio nuclear?
Hay, por último, una dimensión que desconcierta incluso a quienes comparten las creencias de Thiel. De acuerdo con una nota de The New York Times, durante una cena con economistas y ejecutivos en su mansión porteña, la conversación derivó hacia la existencia del anticristo.
"Uno de sus temas de conversación favoritos", según el diario neoyorquino, y una entidad que, ha advertido en conferencias, podría instaurar un gobierno mundial totalitario. Algunos invitados no supieron qué pensar, pero lo escucharon.
La idea del Cono Sur como búnker ante una potencial caída de la civilización, cara a cierta élite de Silicon Valley, se hizo más fuerte cuando Thiel, en mayo, se hizo de cinco terrenos por 10 millones de dólares en el complejo de lujo Fasano Las Piedras, cerca de Punta del Este. El diario uruguayo El Observador reveló que la propiedad, diseñada por el estudio de arquitectura Rafael Viñoly, sería de máxima seguridad, con paredes de hormigón y espacios especialmente construidos para situaciones catastróficas de orden mundial.
No sería su primer intento: en 2022, la construcción de un refugio de lujo a orillas de un lago en Wanaka, Nueva Zelanda, fue resistida por grupos ecologistas y respaldada por el gobierno neozelandés.
Tampoco es el único: el empresario tecnológico argentino Martin Varsavsky impulsa, junto a otros socios (entre ellos Alec Oxenford, que años antes presentó a Thiel con Javier Milei y hoy funge como embajador argentino en Washington), Wamani, un enclave de 32 mil hectáreas en la cordillera mendocina, cerca de San Carlos, que viene desarrollando desde 2023 como refugio ante una eventual Tercera Guerra Mundial.
Lo que era una rareza biográfica adquirió una dimensión pública inesperada: tras la publicación de Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, que pide "desarmar" la inteligencia artificial y cita a Tolkien contra la deriva transhumanista, parte de la prensa católica leyó las palabras del pontífice como una respuesta directa a los proyectos tecno-teológicos de Thiel.
¿Qué vino a hacer Thiel, entonces, a Sudamérica? La respuesta honesta, hasta ahora, es modesta y por eso es incómoda. Su única inversión conocida es la inmobiliaria, y lo demás son hipótesis: que Palantir busque construir centros de datos, que esté detrás del 'gemelo digital social' del Ministerio de Capital Humano mileista (un sistema para cruzar bases de datos estatales con inteligencia artificial que especialistas como Beatriz Busaniche, de Fundación Vía Libre, vincularon con su llegada), o que financie política regional alineada a sus intereses libertarios.
Pero, como subraya el propio The New York Times, son justamente eso: teorías que circulan sin evidencia concreta que las sostenga.
Lo verificable es más simple: hay afinidad ideológica con un gobierno que comparte su aversión a los impuestos y al "wokismo", un refugio fiscal oportuno frente a una iniciativa electoral en California que propone un impuesto del 5% a los activos de los multimillonarios y que provocó la salida de pesos pesados como Elon Musk hacia Texas y el mismo Thiel, que estableció oficinas de Thiel Capital y la casa matriz de Palantir en Miami.
Quizá por eso es mejor preguntarse qué controles tienen países como Argentina, Uruguay o Chile frente a la llegada de un actor del perfil de Thiel, con su fortuna, sus vínculos políticos al más alto nivel, su empresa de macrodatos y qué tan transparente puede ser la relación entre todos esos factores. Lo demás, por ahora, son solo rumores de sobremesa.
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