Las recientes pérdidas registradas por los fondos de pensiones a raíz de su exposición a instrumentos financieros vinculados a las tasas de interés internacionales han vuelto a poner sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿cómo se deben gestionar las inversiones cuando detrás de ellas están los ahorros que las personas necesitarán para financiar su jubilación?
La discusión no pasa por cuestionar el uso de determinados instrumentos financieros. Los derivados, por ejemplo, cumplen funciones legítimas dentro de los mercados y pueden ser herramientas útiles para administrar riesgos.
El desafío está en cómo se utilizan, qué nivel de exposición se asume, cómo se evalúan los distintos escenarios y, sobre todo, qué resguardos existen cuando las condiciones del mercado evolucionan de manera distinta a la prevista.
Lo ocurrido recientemente con los Fondos D y E, cuyas pérdidas han estado vinculadas, en parte importante, a posiciones en derivados de tasas de interés, evidencia que incluso las estrategias diseñadas para horizontes de largo plazo pueden enfrentar escenarios adversos cuando aumenta la sensibilidad a determinados factores de mercado.
La experiencia también recuerda que una inversión que busca reducir ciertos riesgos puede introducir otros si no se gestiona de manera integral.
En este contexto, la experiencia de las compañías de seguros de vida en la administración de inversiones destinadas a respaldar rentas vitalicias ofrece una perspectiva relevante. Este negocio tiene una característica que condiciona estructuralmente sus decisiones financieras: las compañías deben responder a compromisos de pago de pensiones que se extienden durante décadas. Por ello, la gestión de las inversiones no puede concentrarse únicamente en maximizar retornos, sino que debe considerar de manera permanente la capacidad de generar los flujos necesarios para cumplir esas obligaciones.
Adicionalmente, es importante recordar que cualquier caída en la rentabilidad de las inversiones que administra una compañía de seguro para respaldar sus compromisos por renta vitalicia, ésta es absorbida en primer lugar por el patrimonio de dicha compañía, es decir, por los accionistas, sin comprometer el pago a los pensionados. La alineación de intereses es total.
Esto exige una mirada que combine rentabilidad, seguridad y sostenibilidad. Una parte central de esa gestión consiste en procurar que los activos que respaldan las obligaciones previsionales tengan características compatibles con los pagos comprometidos, considerando factores como los plazos, las tasas de interés, la liquidez y el riesgo de crédito.
A esto se suman la diversificación de las inversiones, la evaluación de escenarios adversos y los mecanismos de control y suficiencia de activos establecidos por la regulación.
No se trata de eliminar la incertidumbre, algo imposible en los mercados financieros, sino de anticipar sus posibles efectos y evitar que una estrategia dependa excesivamente de que una determinada variable evolucione en la dirección esperada. Esta disciplina es especialmente importante cuando los recursos administrados deben respaldar obligaciones de largo plazo que no desaparecen ante una caída de los mercados.
La administración de inversiones asociadas a rentas vitalicias lleva décadas desarrollándose bajo esta lógica. La experiencia acumulada en la gestión de pasivos previsionales de larga duración ha permitido profundizar metodologías para evaluar el comportamiento de los activos frente a distintos escenarios y fortalecer los mecanismos destinados a resguardar la capacidad de cumplir los compromisos asumidos. Este conocimiento no elimina los riesgos propios de la actividad, pero constituye una base relevante para gestionarlos de manera sistemática.
También es importante comprender que las rentas vitalicias y los fondos administrados por las AFP responden a estructuras distintas. Mientras estos últimos buscan rentabilizar el ahorro individual dentro de un esquema de fondos de inversión previsional, en una renta vitalicia la compañía de seguros asume la obligación contractual de pagar una pensión durante la vida del beneficiario. Por eso, sus estrategias de inversión, sus mecanismos de control y sus necesidades de gestión deben analizarse considerando las diferencias entre ambos modelos.
Sin embargo, existe un principio común: cuando se administran recursos destinados a financiar la jubilación, las decisiones de inversión deben evaluarse no solo por sus resultados en un período determinado, sino también por su coherencia con las obligaciones y los riesgos que buscan gestionar.
La contingencia actual debería contribuir a que la conversación previsional avance más allá de las rentabilidades de corto plazo. Es necesario observar cómo se construyen las carteras, qué riesgos concentran, cómo se comportarían frente a cambios abruptos en las tasas de interés y qué herramientas existen para enfrentar escenarios distintos a los proyectados. La transparencia sobre estos aspectos es indispensable para fortalecer la confianza de las personas en las instituciones que administran recursos vinculados a su futuro.
En materia previsional, una buena estrategia no se define exclusivamente por cuánto puede ganar en un escenario favorable, sino también por su capacidad de responder cuando ese escenario no se materializa. Esa es una de las principales lecciones que deja la coyuntura y una consideración que debe permanecer en el centro de cualquier discusión sobre cómo invertir para financiar las pensiones del futuro.