El trabajo no remunerado sigue ocupando una parte importante del tiempo de las personas mayores. Las tareas domésticas y de cuidado no desaparecen con la edad y, al mismo tiempo, adquieren mayor relevancia otras formas de apoyo destinadas a familiares que viven en otros hogares y a la comunidad.
El nuevo reporte del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, "Personas mayores y trabajo no remunerado: La tarea no termina", lo muestra con datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2023. Las personas de 60 a 69 años dedican, en promedio, 4 horas y 13 minutos al trabajo no remunerado, apenas once minutos menos que quienes tienen entre 45 y 59 años.
Detrás de estos promedios, sin embargo, persiste la desigualdad entre géneros. Las mujeres de 60 a 69 años destinan a estas tareas el equivalente a 39 días completos más al año que los hombres de su misma edad. Estas brechas no comienzan en la vejez, sino que reflejan trayectorias construidas a lo largo de la vida, las cuales cristalizan roles de género y oportunidades diferenciadas entre hombres y mujeres.
Más aún, aunque la diferencia entre hombres o mujeres se ha reducido durante la última década, esto se explica principalmente porque ellas dedican menos tiempo a estas tareas y no porque los hombres estén asumiendo más responsabilidades.
Hay, además, otra dimensión menos visible de este aporte. Parte del trabajo que realizan las personas mayores ocurre fuera de su propio hogar. Las personas de 60 a 69 años son el grupo etario que más tiempo destina a ayudar a otros hogares: alrededor de 205 horas al año, en promedio. Allí se incluye el cuidado de familiares, la ayuda con tareas domésticas, el trabajo comunitario y el voluntariado. Y nuevamente aparecen diferencias de género: en este tramo de edad las mujeres destinan 312 horas anuales, frente a 71 de los hombres.
Estos datos permiten ampliar la manera en que pensamos el aporte de las personas mayores. El debate sobre vejez y envejecimiento en Chile suele centrarse en pensiones, salud y necesidades de cuidado. Son dimensiones indispensables, pero las personas mayores también proveen cuidados, realizan trabajo doméstico y sostienen redes familiares y comunitarias.
Reconocer este aporte exige mucho más que un gesto simbólico. Supone medir el trabajo no remunerado con el mismo rigor que el empleo, incorporarlo en las políticas de envejecimiento y de cuidados, y avanzar hacia una distribución más equitativa de esas responsabilidades entre hombres y mujeres, familias, Estado, mercado y comunidad.