Chócale desde COSTA RICA "Pura vida". Si hay una expresión que caracteriza a Costa Rica, es esa. Dos palabras que forman parte del vocabulario cotidiano de los ticos y que también resumen la relación que mantienen con su entorno.
La pura vida se respira en sus paisajes, en la biodiversidad de sus bosques, en sus pueblos y en la profunda conexión de su gente con la naturaleza.
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Aunque suele asociarse con playas paradisíacas y aguas turquesas, este país centroamericano esconde una faceta que sorprende a quienes se animan a recorrerlo más allá de sus costas.
Volcanes, montañas, cafetales, aguas termales y una fauna que aparece en los lugares menos esperados forman parte de un abanico de experiencias que permite descubrir otra cara del destino.
Durante siete días recorrimos distintas localidades gracias a una invitación del Instituto Costarricense de Turismo (ICT). Desde los paisajes volcánicos de Cartago hasta los bosques nubosos de San Gerardo de Dota y la costa del Pacífico, el viaje nos permitió descubrir algunas de las joyitas que esconde Costa Rica.

Cartago: una primera parada entre agricultura y paisajes volcánicos
Cartago fue nuestra primera parada. Esta provincia guarda parte importante de la historia costarricense y, aunque dejó de ser la capital del país hace siglos, todavía conserva un fuerte vínculo con la agricultura.
Conocida también como la “Ciudad de las Brumas”, Cartago está rodeada de zonas agrícolas donde destacan los cultivos de papa, cebolla y zanahoria, además de las plantaciones de café.
A medida que nos fuimos alejando de la ciudad, el paisaje comenzó a cambiar. Las montañas, los extensos sectores verdes y los caminos en ascenso reemplazaron las postales de playas y palmeras que suelen asociarse con Costa Rica.
Nuestro destino era el Parque Nacional Volcán Irazú, que forma parte de la zona núcleo de la Reserva de Biosfera Cordillera Volcánica Central. Los volcanes tienen una presencia importante en el paisaje costarricense: el país cuenta con alrededor de 290 focos volcánicos, aunque solo cinco se consideran históricamente activos.
La visita al Irazú tuvo un poco de todo. Partimos con un sol radiante, pero el clima cambió rápidamente y la neblina comenzó a cubrirlo todo. En cuestión de minutos, prácticamente no podíamos ver más allá de tres o cuatro metros. Después volvió a despejar, aunque el viento nos acompañó durante buena parte del recorrido.
Según nos contó Mayer Jiménez, nuestro guía asignado por el ICT, no siempre es posible encontrar el volcán despejado. Por eso, tuvimos suerte de contar con algunos momentos de buena visibilidad para apreciar sus distintas formaciones y recorrer sectores que conservan las huellas de la actividad volcánica.
La visita terminó en la 'Cumbre del Irazú', donde encontramos un mirador y una campana que, según Mayer, todo visitante debería tocar. De hecho, nos dijo que llegar hasta ahí y no hacerla sonar era prácticamente como no haber ido. Así que, por supuesto, no nos fuimos sin cumplir con la tradición.
Bosques, fauna y aguas termales
Después de conocer el paisaje volcánico de Cartago, seguimos recorriendo el interior de Costa Rica. Esta vez nos adentramos en el Parque Nacional Tapantí, también conocido como el Macizo de la Muerte, donde hicimos un trekking por el sendero Oropéndola, que permite llegar hasta el Río Grande de Orosi.
Durante nuestra caminata nos encontramos con parte de la fauna que habita estos bosques: una chicharra, un oso hormiguero o tamandúa que andaba en busca de alimento y una mariposa morpho azul, que encontramos descansando sobre una hoja.

Tapantí también cumple un papel importante en la protección de los recursos hídricos. El parque resguarda nacientes y cursos de ríos que abastecen a distintas comunidades y contribuyen a la generación eléctrica. No es un dato menor en un país donde el 98,6% de la electricidad generada durante 2025 provino de fuentes renovables, como el agua, el viento, la geotermia, la biomasa y el sol.
En el valle de Orosi, a unos 38 kilómetros al sureste de San José, conocimos Hacienda Orosi, una propiedad que combina naturaleza, descanso y tradición cafetalera.
Uno de sus principales atractivos son sus siete piscinas de agua mineral termal, cuyas temperaturas fluctúan entre los 34 y 39 °C. Allí disfrutamos de un baño en sus aguas y probamos una exfoliación con barro de la zona.
La hacienda también conserva parte de su historia cafetalera en el Coffee Pickers Village, un conjunto de antiguas casas construidas en 1935 para alojar a las familias que llegaban a trabajar durante las temporadas de cosecha. Hoy funcionan como cabañas turísticas y mantienen su estructura y distribución originales.
Lo más llamativo está en los detalles de su decoración, que rinden homenaje a esa tradición. Por ejemplo, la manilla de la puerta de entrada tiene forma de tetera de café, mientras que la llave del lavamanos imita una cafetera tradicional costarricense de metal esmaltado, utilizada para hervir agua.
También encontramos canastos de bejuco, los mismos que tradicionalmente se ocupaban para recolectar los granos durante la cosecha.
Entre cafetales y cataratas
El café es uno de los productos que forman parte de la identidad costarricense. En la zona de Los Santos, específicamente en Dota, conocimos Coopedota, una cooperativa de productores donde pudimos recorrer los cafetales, conocer distintas etapas de producción y participar en una degustación de café costarricense.
Otro de los grandes atractivos de esta zona es San Gerardo de Dota, una localidad rodeada de montañas y bosques nubosos que se ha convertido en uno de los mejores lugares del país para observar al Quetzal, una de las aves más llamativas de Centroamérica por su intenso color verde iridiscente y las largas plumas que sobresalen de la cola de los machos.
Para intentar encontrarla tuvimos que madrugar. Antes del amanecer salimos junto a un guía local y recorrimos senderos rodeados de vegetación, atentos a cualquier movimiento entre los árboles. Finalmente, logramos observar un ejemplar.

La diversidad de paisajes de Costa Rica también se aprecia en la zona del Pacífico, donde se encuentran las cataratas Nauyaca. Para visitarlas, abordamos unos vehículos abiertos tipo safari que nos trasladaron por los caminos de la propiedad.
Después todavía quedaba un tramo a pie: tuvimos que bajar 129 escalones para alcanzar las cataratas.
El lugar destaca por sus grandes caídas de agua y las pozas naturales que se forman a sus pies, rodeadas de vegetación. También existe la posibilidad de darse un baño en sus aguas.
Sabores locales y manglares de Isla Damas
La gastronomía costarricense también nos permitió conocer otra faceta del país. En Londres, una localidad cercana a Manuel Antonio, visitamos la Finca Los Tucanes, una propiedad rural donde exploramos sus cultivos y participamos en una clase de cocina tradicional.
Primero recorrimos su huerta, donde cultivan varios de los ingredientes que utilizan en sus preparaciones. Después nos tocó poner manos a la obra: hicimos tortillas de maíz y aprendimos a preparar un ceviche de plátano. Fue una experiencia que nos acercó a los sabores típicos de Costa Rica.
Entre los rincones que visitamos en esta zona también están los manglares de Isla Damas. Allí nos subimos a un kayak para recorrer sus canales y observar de cerca la vegetación que crece a orillas del agua.
Durante el trayecto nos encontramos con monos tití y garzas, en un entorno donde distintas especies encuentran refugio.
El litoral de Manuel Antonio también nos permitió conocer el Pacífico desde otra perspectiva. A bordo de un catamarán navegamos por la costa, donde pudimos observar distintas especies de peces y hacer una pausa para practicar snorkel.
En el Parque Nacional Manuel Antonio recorrimos senderos entre bosques tropicales y pudimos observar iguanas, monos y guatusas.
Porque sí, Costa Rica tiene playas paradisíacas. Pero también ofrece volcanes, montañas, cafetales, bosques llenos de vida, aguas termales y comunidades que han encontrado en la naturaleza una forma de dar a conocer su territorio.
Quizás ahí está parte del sentido de la pura vida: descubrir todo lo que este destino tiene para ofrecer, mucho más allá de lo que uno imagina antes de llegar.







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