El Dato de la Soa #4: Se usa, se lava y se guarda

Uno de los mejores consejos que me ha entregado Betty (mi mamá) para la vida ha sido “lo usas, lo lavas y lo guardas”. Algo tan simple, tres verbos en una frase son capaces de cambiar la vida de cualquiera en una de las tareas de la casa que más repetimos durante el día: lavar la loza.

Durante el primer encierro del 2020 era cosa de ver en redes sociales, porque así es como ahora nos enteremos que al resto le pasa lo mismo que a nosotros: Saber que una de las cosas que más hacíamos durante el día era lavar la loza. Bastaba sacar sólo un vaso del mueble y terminábamos lavando tres tazas, dos platos, cuchillos y tenedores al por mayor y si estábamos creativos, nos daba hasta por limpiar minuciosamente la bandeja del horno.

En las reuniones familiares o con amigos, lavar la loza es un acto social en sí mismo, el dueño/a de casa comienza a retirar los platos y alguno de los comensales se ofrece a ayudar. Es el más cercano quien tiene el honor de acompañar en tan noble tarea, se trata del momento solemne en el que, además de sacar el tejido y ponerte al día, intercambias información valiosa sobre esta tarea del hogar como, por ejemplo, el lavalozas.

Existen distintas alternativas para lavar la loza, y no solo hablamos del precio, sino que también colores, aromas y propiedades que, en teoría, dejan las manos suavecitas. Antiguamente este producto era solo un detergente en polvo que venía en caja de cartón, una de las marcas más antiguas en nuestro país es Klenzo (actualmente llamado Klin).

Y es que, seamos honestos, fregar platos, ollas y sacar los restos de comida del Pyrex que usamos para hacer la lasaña, no es de lo más glamoroso (quizás limpiar el water con escobilla podría ser peor).

Si el mercado me ofrece productos de acuerdo con mis necesidades e incluso en gustos, no tengo problema en decir que al momento de hacer la compra, busco uno que tenga buen aroma, se diluya fácilmente en el agua (causando menos daño en el medioambiente)  y que no me reseque la piel.

Tal como decía al principio de esta columna, mi madre me entregó el sabio consejo de que si algo se usa, se lava y se guarda de inmediato, pero en la práctica pocas veces hacemos eso. Hay días en los que entrar a la cocina y mirar el lavaplatos es lo más parecido a una escena de desastre: platos amontonados, vasos que duplican la cantidad de habitantes, tenedores y cucharas de té que apenas se usaron una vez. Y la verdad es que no siempre se trata de flojera o despreocupación, sino que muchas veces se debe a la falta de tiempo, al teletrabajo o porque ponerse a lavar después de un carrete pasada la medianoche es hasta inconstitucional.

Ya sea con una lavaza (sabiduría de nuestras madres y abuelas) o bajo la misma llave, el proceso en sí no es tan terrible, excepto si quebrar los vasos o copas es un mal recurrente, como en mi caso en donde me autolimité de lavar las “copas bonitas para visitas” y le dejo esa tarea sin duda a mi señor pololo.

La tarea titánica es tener que dejar todo ordenado para el secado, es aquí cuando recordamos las técnicas aprendidas en el Tetris (comprado en la feria a fines de los noventa) y dejamos la loza ubicada de tal manera que logramos hacer encajar el rallador entre un plato de té y otro de pan, logrando los cien puntos que significaba esa jugada.

Si falta espacio, la tapa de la cocina con un paño encima sirve para poner ollas, vasos, entre otras cosas. Confieso que en los últimos meses lograr esto ha sido uno de mis mayores logros personales como soa de casa.

Una vez todo secado, aunque da pena desarmar esa escena tan perfecta alcanzada en el seca platos, es momento de guardar. Solo en ese momento es cuando la cocina luce perfecta, limpia y digna de una foto de Instagram. Pero, lamentablemente, esa paz mental dura solo un par de horas porque, en un abrir y cerrar de ojos, habremos sacado más de una taza para prepararnos un café que apenas alcanzamos a tomar y que, después de ser usado, deberá ser lavado y guardado.