Cada semana alguien me pregunta lo mismo: “¿Conviene invertir en IA o ya llegué tarde?”. Es una pregunta razonable, pero creo que está mal planteada: trata a la inteligencia artificial como una opción más dentro del menú, junto a los bonos, la renta variable local o un departamento para arrendar.
Pero la pregunta correcta es otra: ¿qué le pasa a mi patrimonio si la inteligencia artificial cumple lo que promete? Al formularla así, la respuesta cambia. La IA deja de ser una opción y pasa a ser una obligación.
Nadie sabe si transformará la economía tan profundamente como dicen sus entusiastas. Tampoco necesitamos adivinarlo. Basta con mirar los dos escenarios posibles y preguntarse cómo queda el portafolio en cada uno.
Escenario 1: la tesis es falsa. La IA resulta ser una tecnología útil, pero acotada, como tantas otras sobrevaloradas en su momento. Las valorizaciones se corrigen y lo invertido en el sector cae. ¿Cuánto pierdo? Como máximo, una fracción de la porción del portafolio destinada a IA. Duele, pero la pérdida es acotada. El resto de mis activos -empresas tradicionales, propiedades y mi trabajo- sigue funcionando como siempre.
Escenario 2: la tesis es cierta. La IA hace buena parte del trabajo que hoy realizan personas y empresas, pero mejor, más rápido y a menor costo. En ese caso, el problema no es haberse perdido una buena inversión, sino que muchos de mis otros activos pierdan valor al mismo tiempo: empresas cuyos márgenes se comprimen, oficinas que nadie necesita y servicios profesionales que se abaratan. En ese mundo, la única parte del portafolio que gana es, precisamente, la expuesta a la IA.
Para entender el alcance de este segundo escenario, hay que ampliar la mirada. Cuando analizamos el patrimonio de una familia, contamos acciones, fondos, depósitos y propiedades. Casi nunca incluimos el activo más grande que tiene la mayoría de las personas: su capital humano. Es decir, el valor presente de todos los ingresos que espera generar con su trabajo hasta que se jubile.
Para un profesional de 40 años, ese activo suele valer bastante más que todo su patrimonio financiero. Y es, precisamente, el más expuesto a la IA.
Abogados, contadores, analistas, programadores, ejecutivos de venta, periodistas y economistas: ninguno puede asumir que su trabajo seguirá valiendo lo mismo dentro de diez años. Dicho de otra forma, la mayoría de nosotros ya está muy invertida en el escenario “la IA no funciona”. Lo está sin haberlo decidido, a través de su sueldo, su empresa y sus propiedades. Lo que falta es la posición contraria.
Ahí cobra sentido la idea del seguro. Nadie contrata uno contra incendios porque cree que su casa se va a quemar. Lo contrata porque, si eso ocurre, el golpe sería insoportable. Si no se quema, la prima pagada se da por bien gastada.
La inversión en IA funciona igual. Si la tesis es falsa, la prima es la pérdida acotada de esa porción del portafolio. Si es cierta, esa porción sube justo cuando el resto del patrimonio y los ingresos futuros se ven presionados. Es una cobertura: gana cuando todo lo demás pierde.
La consecuencia es contraintuitiva: un portafolio con algo de IA no es más riesgoso que uno sin ella. Es más estable, porque sus resultados se parecen más en ambos escenarios. Quien no tiene nada en IA está haciendo una apuesta concentrada: que el mundo seguirá funcionando como hasta ahora. Agregar IA, por lo tanto, más que un riesgo es un seguro.