
Francisco-Tiozzo-Lyon
En Brasil, más de 160 millones de personas pagan con Pix en segundos desde su celular. En India, UPI procesa más de 11 mil millones de transacciones mensuales. Colombia tiene B-BRE. Argentina, Transferencias 3.0. Bolivia, Simple. Costa Rica, SINPE. El Salvador, Transfer 365. Perú avanza en interoperabilidad.
Y en Chile… seguimos en “lo estamos viendo”. Persistimos con POS físicos, transferencias engorrosas y billeteras cerradas que no se comunican entre sí. Lo que en otros países ya es infraestructura básica, aquí aún se discute como si fuera una utopía futurista.
La pregunta es incómoda, pero urgente: si Chile ya cuenta con lo necesario para operar con pagos inmediatos e interoperables, ¿por qué no lo está haciendo?
¿Qué es un pago interoperable inmediato?
Primero, hay que aclarar el concepto. Un pago interoperable inmediato no es simplemente transferir dinero de una cuenta a otra. No es una TEF glorificada. Es un proceso completo que incluye:
- Inicio del pago (por QR, link, NFC, etc.)
- Autenticación y autorización
- Confirmación en tiempo real
- Liquidación inmediata
- Trazabilidad completa
- Capacidad de devolución y contracargo
- Esquema tarifario abierto y competitivo
- Seguridad integral y antifraude
Eso es un pago interoperable. Lo demás —una transferencia bancaria, un código cerrado o una wallet privada— no lo es.
El problema no es técnico, es estructural
Desde el punto de vista técnico, Chile está listo. La banca es digitalmente madura, contamos con adquirentes funcionales, billeteras activas, talento local, infraestructura operativa y casos de uso reales.
Desde 2023, RedPay —una red de pagos interoperables e inmediatos— está operativa. Funciona con QR, link o NFC, no requiere integraciones bilaterales y permite liquidación en tiempo real. Ya existe, opera y es posible.
Entonces, ¿por qué no se usa? Porque nadie quiere ser el primero en moverse y algunos, derechamente, no quieren que funcione.
¿Quién le teme a la interoperabilidad?
Lo diré con claridad: el problema no es que el pago QR no funcione en Chile. El problema es que no existe un interés real en que funcione de forma abierta e interoperable.
El ecosistema local ha visto nacer (y desaparecer) múltiples iniciativas —CencoPay, Copec Pay, Fpay, Chek, RutPay, MACH, entre otras— que, aunque han aportado a la experiencia digital, fueron pensados como sistemas cerrados diseñados para mantener al cliente dentro de su propio circuito.
Todas comparten una lógica común: permitir pagos solo dentro de su ecosistema, sin facilitar interoperabilidad real. Quien quiere cambiar de billetera o usar otra herramienta enfrenta fricciones, incompatibilidades y pérdida de beneficios pensados para anclar al usuario.
Esto no es interoperabilidad. Es la versión digital de las islas financieras privadas. Y ante esto, la pregunta es inevitable: ¿Por qué la banca chilena y muchas de estas aplicaciones muestran tanta reticencia a participar en un sistema interoperable, abierto y libre para el cliente, cuando sus beneficios ya se han demostrado en tantos países?
¿Es miedo a perder el control? ¿A diluir el valor si no se encierra dentro de una billetera propia?
El costo de no actuar
Mientras la conversación se posterga y las decisiones se dilatan, millones de chilenos y cientos de miles de comercios sufren las consecuencias.
Pensemos en la pyme de abarrotes de Daniela, que recibe pagos digitales todos los días. Su mostrador está lleno de stickers: uno para MACH, otro para RutPay… Cada cliente pregunta qué QR debe escanear. Algunos no pueden pagar porque no tienen la app correcta. Daniela debe explicar a cada cliente cómo funciona cada opción, El cliente se confunde, y a veces se va sin pagar.
Desde el lado del comercio, cada aplicación requiere una integración distinta. Cada sistema liquida en plazos diferentes. Los fondos — deberían estar disponibles al instante— tardan 24, 48 o más horas en llegar. En un contexto económico complejo, esa espera es oxígeno perdido.
Y mientras tanto, la inclusión financiera sigue siendo una promesa parcial. Personas sin tarjeta, sin cuenta corriente o que usan solo una billetera digital siguen enfrentando barreras: no todos los QR sirven, no todas las apps son aceptadas, no todos los comercios están dispuestos a enfrentar esa complejidad.
En vez de un sistema ágil, interoperable y universal, tenemos un mosaico de soluciones que no se conectan. Cada fragmento funciona, pero el conjunto no.
Y eso tiene un costo real para el comercio, para el usuario, y para el desarrollo financiero del país.
Lo que ganamos si decimos que sí
Volvamos con Daniela, la emprendedora que perdió una venta porque su cliente no tenía la app correcta.
Imaginemos otro escenario: Daniela tiene un solo QR en su mostrador. La clienta escanea con cualquier billetera digital, autoriza con su huella, PIN o FaceID, y listo. La venta está hecha. Sin confusión, sin explicaciones. Una transacción fluida, como debería ser.
Segundos después, Daniela revisa su cuenta. El dinero ya está ahí. Sin esperar 24 o 48 horas. Ella decide si quiere una liquidación inmediata o programada. Eso es liquidez real y control.
En otra parte de la ciudad, Jorge —usuario de una app— paga su almuerzo igual de fácil. Escanea el mismo tipo de QR con su billetera preferida. No tuvo que cambiar de app ni crear cuentas nuevas. Si mañana cambia de proveedor, no pierde beneficios porque el sistema es abierto, justo para todos.
No necesita tarjeta, cuenta corriente ni app específica. Solo una billetera y un código común. Eso es verdadera inclusión.
Detrás de esto, el comercio y el sistema financiero también ganan: menos intermediarios, menos fricción, menos redundancias. Bajan los costos operativos, se simplifican las integraciones y los márgenes mejoran.
Y hay algo más, quizás menos visible pero igual de importante: soberanía digital.
Cuando operamos sobre una red nacional, abierta y con capacidades locales, dejamos de depender de tecnologías extranjeras o estructuras cerradas. Ganamos autonomía, estabilidad, y un ecosistema en el que los pagos están en manos de quienes los usan y aceptan. No de quienes los encapsulan.
Adoptar una red interoperable no es solo una mejora operativa. Es una decisión estratégica. Una que devuelve tiempo, eficiencia, confianza y control. Y lo mejor: ya está lista. Solo falta decir que sí. La infraestructura existe. La tecnología funciona. El talento está.Pero si seguimos esperando que “otro lo haga primero”, vamos a perder una de las pocas oportunidades que tenemos de construir un sistema financiero más justo, abierto y eficiente. No se necesita otra prueba piloto. Se necesita voluntad. Y, quizás, un poco de coraje.
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