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En El agente topo (2020), el documental de Maite Alberdi nominado al Oscar, Sergio Chamy es un viudo de 83 años que responde un aviso en el diario. Una agencia de detectives busca a un hombre de entre 80 y 90 años para infiltrarse en un hogar de ancianos. Hoy pocas ofertas laborales piden expresamente a alguien mayor, y por eso la historia tiene algo de fantasía.
Once meses y medio. Ese es el tiempo que pasa en promedio buscando trabajo una persona de 50 años o más que queda desempleada en Chile, según cifras del Observatorio del Contexto Económico de la Universidad Diego Portales (OCEC UDP). Es casi un año completo sin sueldo y la espera más larga entre todos los grupos de edad.
La comparación con el resto ayuda a dimensionarlo. Un desempleado de entre 15 y 24 años tarda 5,1 meses en volver a trabajar, uno de 25 a 34 años se demora 7,3 meses y uno de 35 a 49 años, unos 7,2 meses. Después de los 50, la búsqueda da un salto que ningún otro tramo registra.
Mayores de 50 tardan casi un año en volver a trabajar
Tiempo promedio de búsqueda de empleo de las personas desocupadas, por tramo de edad (meses)
- Menores de 50 años
- 50 años o más
| Tramo de edad | Meses de búsqueda |
|---|---|
| 15 a 24 años | 5,1 meses |
| 25 a 34 años | 7,3 meses |
| 35 a 49 años | 7,2 meses |
| 50 años o más | 11,4 meses |
“Uno de los elementos en donde se verifican las mayores dificultades de empleabilidad que enfrentan las personas de 50 años o más es que, una vez que una persona de este rango etario entra al desempleo, le cuesta mucho salir de él”, resume Juan Bravo, director del OCEC UDP.
Hay otro número que apunta en la misma dirección. El 26,9% de los desocupados de 50 años o más está en desempleo de larga duración, muy por sobre el 18,9% del total de desocupados.
Una tasa baja que esconde una espera larga
Aquí aparece la primera sorpresa. “Lo primero es leer bien las cifras. Los mayores de 50 no tienen una tasa de desempleo alta: está en torno al 5,6%, bastante por debajo del promedio nacional”, explica Alexandre Janiak, académico del Instituto de Economía de la Universidad Católica.
“El problema no es cuántos están desempleados, sino cuánto tiempo lo están”, agrega el economista. Además, advierte que “muchos dejan de buscar y salen de la estadística, de modo que la tasa oficial subestima el fenómeno”.
Sebastián Gallegos, economista y académico de la Escuela de Negocios de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), pone un matiz. Tras revisar la Encuesta Nacional de Empleo del INE de los últimos diez años, advierte que “la tasa de desocupación de las personas de 50 a 64 años ha sido sistemáticamente menor que la de quienes tienen entre 35 y 49 años”.

Tampoco observa un quiebre o un alza repentina del desempleo al cumplir 50, por lo que llama a evitar una mirada estereotipada del problema. “Podemos tener la intuición, y empatizar con las experiencias que la sustentan, de que encontrar trabajo se vuelve más difícil con la edad. Pero esa percepción no aparece respaldada de manera directa por la tasa general de desocupación”, plantea.
Eso sí, Gallegos reconoce que esa tasa solo incluye a quienes buscan trabajo activamente. Para tener el cuadro completo, dice, habría que estudiar cuánto se demora una persona en volver a trabajar y en qué condiciones lo hace.
Por qué pesa tanto cuánto dura el desempleo
“Los efectos negativos del desempleo dependen en forma crucial de su duración. Cuando el desempleo dura demasiado tiempo, se erosiona el capital humano porque la persona no usa sus habilidades y deja de obtener aprendizaje en el trabajo”, explica Bravo.
Esto puede generar un círculo vicioso: mientras más se prolonga el desempleo, más difícil puede resultar volver a encontrar trabajo.
En el caso de los mayores de 50 hay un agravante, porque, según el director del OCEC UDP, “los procesos de selección pueden asociar la inactividad prolongada a la obsolescencia de habilidades o baja adaptabilidad”.
Más de uno de cada cuatro desocupados mayores de 50 está en desempleo de larga duración
Desocupados en desempleo de larga duración (% del total de cada grupo)
- 50 años o más
- Total de desocupados
| Grupo | En desempleo de larga duración (%) |
|---|---|
| 50 años o más | 26,9% |
| Total | 18,9% |
Las consecuencias van más allá del currículum. El ejecutivo advierte que aumenta el riesgo de caer en pobreza, “ya que los ahorros se van acabando y la falta de ingresos laborales puede llevar a no poder satisfacer las necesidades más básicas”. También sube la probabilidad de sufrir enfermedades físicas o psicológicas.
Experiencia específica, horizonte corto y salud
¿Por qué les cuesta tanto volver? Janiak identifica tres mecanismos que la literatura económica ha documentado. El primero tiene que ver con el tipo de experiencia que se acumula tras muchos años en un mismo lugar.
“Un trabajador con 25 años en un rubro acumula habilidades muy específicas a su empresa o sector, que valen mucho adentro y poco afuera”, explica el académico de la UC. Por eso, agrega, los estudios muestran que quienes tienen más antigüedad sufren pérdidas salariales mayores y más persistentes cuando los despiden.
El segundo mecanismo tiene que ver con el horizonte de tiempo. Contratar y capacitar a alguien tiene un costo que la empresa recupera a lo largo de los años. “Si el trabajador está a diez años del retiro, la empresa anticipa menos tiempo para recuperar la inversión y lo contrata menos, aunque sea igual de productivo”, señala Janiak.
Bravo coincide en que ese menor horizonte “puede disuadir la contratación de adultos mayores”.

El tercero es la salud, que Janiak define como “el principal predictor de salida prematura del mercado laboral” y advierte que en Chile tiene un marcado componente socioeconómico.
Bravo lo describe como una “depreciación” del capital humano, ya que a mayor edad es más probable tener problemas de salud, y eso eleva el riesgo que percibe un empleador al contratar.
El peso de los estereotipos
A esa lista el director del OCEC UDP suma la transición digital. A su juicio, en una economía que exige actualización constante, el capital humano de los trabajadores mayores tiende a depreciarse más rápido, y los empleadores suelen ver a los más jóvenes como mejor preparados para los cambios tecnológicos.
Y están los prejuicios. “La evidencia ha documentado que los empleadores suelen percibir a los trabajadores de mayor edad como menos productivos y más difíciles de capacitar que los jóvenes, resistentes al cambio y más renuentes a aprender e incorporar las nuevas tecnologías”, afirma Bravo.
Esas percepciones, agrega Bravo, alargan la búsqueda o empujan a las personas hacia el autoempleo.
¿La IA juega a favor de los mayores?
Gallegos plantea lo que él mismo llama una “hipótesis provocativa”. A su juicio, la irrupción de la inteligencia artificial podría terminar favoreciendo a los trabajadores con más trayectoria.

“Las personas que recién comienzan su vida laboral suelen realizar tareas más repetitivas, rutinarias y orientadas al aprendizaje. Esas son precisamente las tareas que la inteligencia artificial tiene mayor capacidad de automatizar”, explica el académico de la UAI.
En cambio, los trabajadores con más años de carrera aportan capacidades que la tecnología todavía no reproduce bien. Entre ellas, Gallegos menciona “el juicio profesional, la revisión cuidadosa de los resultados, la capacidad de no aceptar automáticamente una respuesta y el criterio para distinguir entre información relevante y ruido”.
“Es probable que empresas vayan reconociendo crecientemente que la experiencia y el criterio pueden ser especialmente valiosos en un contexto en que será cada vez más importante revisar, interpretar y aplicar correctamente los resultados producidos por la inteligencia artificial”, proyecta.
Cómo abrirles la puerta: subsidios, capacitación y flexibilidad
Los economistas coinciden en que la capacitación no puede quedarse en la juventud. “La formación no puede concentrarse solo en los primeros 25 años de vida”, dice Bravo, quien propone que empresas y Estado subsidien de forma recurrente programas de actualización y reconversión para mayores de 50.
Janiak suma la flexibilidad, con jornadas parciales, jubilación gradual y los llamados “trabajos puente”, que permiten seguir activo con menos carga.
Bravo coincide en que muchas personas mayores seguirían trabajando si encontraran empleos de media jornada o cerca de su casa, opciones que escasean en el empleo formal.

En materia de subsidios hay novedades. Desde el 1 de octubre rige el Subsidio Unificado al Empleo (SUE), administrado por el Sence, que incorpora de forma permanente a las personas desde los 55 años. El director del OCEC UDP valora el cambio, ya que antes las iniciativas para este segmento tenían una cobertura muy acotada.
Sin embargo, propone dar un paso más y entregar un monto mayor cuando se contrate a alguien en desempleo de larga duración, como hacen varios países. “Este sería un elemento inédito en el diseño de políticas de estímulo a la empleabilidad en Chile”, afirma.
Gallegos, por su parte, pide medir resultados. Sobre el programa Experiencia Mayor del Sence, que bonifica la contratación de personas mayores desempleadas, advierte que hoy solo existen evaluaciones de implementación, “no muy positivas”, que no permiten conocer su impacto real. Por eso, sostiene, “sería muy importante incorporar desde su diseño mecanismos rigurosos de evaluación de impacto”.
El académico cierra con una nota optimista. Cita un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre la llamada “economía plateada”, según el cual una persona de 70 años hoy tiene capacidades cognitivas comparables a las de alguien de poco más de 50 hace dos décadas. “El desafío es que el mercado laboral y las instituciones reconozcan ese cambio”, concluye.
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